Homenaje a un Soñador

 

Nació un hombre en Colombia, con barba. Caminó hacia el sur en busca de una luz suave y dulce que le llenase el alma de belleza. Sin embargo, solo encontró oscuridad. Las piedras que pisaba le molestaban en los pies, y le hacían más daño cuanto más caminaba.

 

Con los pies ya sangrando, divisó en el cielo un círculo de cien buitres, volando una danza jocosa. Poco a poco el círculo se acercaba a la superficie a la que él se veía atado por la gravedad, y por la patética arquitectura de su cuerpo, que no le dotaba de alas. En el centro del círculo, como un tornado de colores de fuego, los cantos marciales de los buitres en danza comenzaban a dar vida en el aire a retratos espectrales de miedo, que poco a poco enjambraban con furia el aire que el hombre tenía para respirar. El sol emanaba ocasionalmente espejismos de amor, los suficientes como para mantener al hombre vivo para continuar el camino de su sufrimiento. La risa miserable del sol torturador hacía eco en las montañas, y de los ojos del hombre cayeron lágrimas, que luego se convirtieron en fuentes, arroyos, y finalmente cataratas fúnebres de agua negra. En el desierto comenzó a llover agua venenosa, que junto con los destellos del sol, avivaban el dolor hasta la infinitud de las profundidades del universo.

 

Llegó entonces el hombre a una orilla, al otro lado de la cual había una isla de sirenas. Y fue así como, con los piés desechos hasta el hueso, con el cuerpo carcomido por los buitres, con los pulmones llenos de tábanos violetas, y con el corazón llorando sangre de humo gélido, se dispuso a cruzar el estrecho de agua que tenía delante. El agua le limpiaba las heridas y le lavaba su cuerpo de cadáver vivo, a medida que caminaba hacia el canto de sirena que le disolvería el esqueleto del alma que le quedaba, para que se desplomase en la arena como agua que iría a desaparecer en el mar, arrastrada por las olas de la orilla. De ese mar vendría luego la lluvia venenosa que inundaría de dolor la vida de los siguientes que venían por nacer.

Pero en su muerte, la sirena perfumó su alma con la luz que buscaba desde el principio.

Valencia, Julio 2018